viernes, 6 de enero de 2012

Globalizar lo diverso.


Si enciendes la radio – de esas que enfocan su mercado en los jóvenes-, en Santiago de Chile, en Buenos Aires o en Madrid, te podrás percatar que la programación de cualquiera de esas emisoras, sin importar el lugar del mundo occidental en donde te encuentres, será muy similar. Sólo cambiara en una cosa: en las bandas locales de moda con proyección internacional que existan en el país, el resto, serán los mismos artistas  “exitosos” que han triunfado en la industria de la música internacional.
Si trasladamos  este ejercicio a otras industrias culturales como el cine,  la televisión o la literatura, en menor medida esta última,   veremos que el resultado es el mismo. Existen libros, canciones, películas o series que sin importar el lugar en donde el consumidor se encuentre podrá acceder sin mayores dificultades. Este es el resultado del mundo globalizado en el que vivimos, en donde un joven ecuatoriano escucha bandas de punk californiano, una adolecente mexicana tiene una fotografía de Jonhy Deep en su habitación y una adolecente francesa tiene el afiche de Enrique Iglesias en la suya. En donde yo puedo descargar en la red, con el único requisito de tener una tarjeta de crédito, un disco Miles Davis que sería imposible de conseguir en las disquerías chilenas.
En el mundo globalizado actual, los jóvenes crecen con estímulos culturales muy similares. Existe variedad de elección, lo cual es bueno, pero también existe la pérdida de identidad local: sobre todo para aquellos países que son receptores de globalización y no productores de globalización.
Un receptor de globalización puede ser un país, una región, un municipio, un barrio y hasta una persona. Generalmente se caracterizan por contar con menos recursos para difundirse que un productor de globalización, sin embargo, esto no se traduce en que tenga menos valor cultural. Por ejemplo: una ciudad como Lima es un  pequeño productor cultural a nivel mundial, pero es uno de los productores culturales más importantes a nivel sudamericano y el mayor productor cultural de Perú.  Existen otras ciudades como Paris o Nueva York que compiten por ser el mayor productor de globalización del mundo, estas metrópolis  rigen los parámetros artísticos, culturales y estéticos de la sociedad globalizada, y para ciudades hermosas que son patrimonio de la humanidad, pero de menor envergadura a nivel mundial como Valparaíso, Salvador de Bahía o Toledo, resulta  muy complicado poder competir contra  la constante información que estas producen.
Estas ciudades,  patrimonio de la humanidad que nombre anteriormente, viven una problemática en la actualidad: la de no convertirse en ruinas arquitectónicas en donde los edificios no tengan relación con la gente que vive en esas ciudades. Que los nativos pierdan la identidad del lugar, la pérdida del patrimonio intangible. La solución radica en la convicción de los agentes culturales de trabajar, de forma asociativa, en la puesta en valor del territorio local desde las mismas bases.
Es justamente ahí, desde la concientización de esta problemática global, que el gestor cultural debe trabajar un territorio determinado. Es importante tenerlo claro, de otro modo, cada proyecto ejecutado serán palos de ciego. Yo, como gestor cultural, tome la decisión de trabajar desde un enfoque comunitario, ya sea en centros culturales, escuelas y la administración pública, lo que me ha permitido tener una cercanía con la comunidad. En la práctica, me he dado cuenta que a pesar de todos los estímulos globalizantes que reciben los habitantes de un territorio, estos no son suficientes como para determinar el comportamiento de la comunidad. Existen factores culturales, educacionales, genéticos y climáticos que influyen en la personalidad de una sociedad y en como esta se relaciona entre ella y con el mundo. Lo propio dialoga de forma constante con lo colectivo y deja como resultado tribus urbanas, fusiones musicales, y toda clase de expresiones artísticas experimentales insospechadas y sorprendentes.
En este escenario, el gestor cultural debe tener un objetivo claro e inquebrantable: el de fomentar los artistas y la cultura local como prioridad. Ya sea su patrimonio tangible o intangible, cultural o natural. El trabajo tiene que ser en beneficio de la localidad definida y de forma permanente. Es el gestor cultural el profesional mejor calificado para llevar a cabo esta empresa, ya que es él el interlocutor más valido para dialogar entre la comunidad y su cultura, entre lo práctico y lo teórico.
No es una tarea fácil, se requiere primero que nada un trabajo de investigación sobre el territorio y su cultura popular, para poder entenderla y de esta forma sincronizar el trabajo con la realidad y que este no sea invasivo ni destructivo. Después de esta investigación se puede proceder a la intervención cultural en base a las conclusiones de la misma.
El gestor cultural será el agente más importante en este proceso, pero no es el único, también participan el sector público, el sector privado, el sector sin fines de lucro y  la sociedad civil. Todos juntos deben trabajar por el complimiento del objetivo de fomentar a los artistas y la cultura local como prioridad. Es una tarea a largo plazo que mezcla factores tangibles e intangibles y que genera como resultado  la aceptación colectiva de símbolos   de pertenencia territorial que son  reconocidos por el grueso de la población como propios, diversos y únicos.
Este reconocimiento social de una cultura en común, y su voluntad por protegerla y cuidarla en el tiempo, permitirá elaborar una estrategia de puesta en valor hacia el exterior, es decir, hacia el mundo globalizado. Sólo a partir de una identidad cultural sólidamente edificada en un territorio  se puede pensar en globalizar sustentablemente el mismo. 
Es aquí cuando el Turismo Cultural, tema central de esta edición de la revista, entra en escena. En América Latina el turismo cultural es muy diferente que en Europa, en donde la arquitectura, la historia y los museos facilitan el trabajo. En América Latina existe una gran cantidad de productos culturales que tengan valor turístico. Estos productos culturales forman parte del patrimonio tangible e intangible del continente y el gestor cultural deberá elaborar proyectos de conservación, restauración y puesta en valor del patrimonio.
El turismo puede llegar a ser invasivo y destructivo para una cultura que no se jacta de ser  diversa. No estoy hablando de fomentar nacionalismos, más bien, de fomentar la identidad local, que son cosas muy distintas. De esta forma, el turismo será un proceso que ayudara al desarrollo económico de los habitantes del territorio y será, por sobre todo, sustentable.
En conclusión, en este mundo globalizado resulta fácil poder difundir la diversidad de un territorio al mundo. Pero para globalizar esta diversidad, primero se tienen que potenciar los elementos de identidad local. Hay que proporcionar dinámicas socioculturales que generen en la comunidad sentimientos de pertenencia, de apropiación y de identidad común. Lo que a la postre permite construir símbolos de representación social, los cuales se manifiestan estéticamente en el territorio, en el lenguaje particular de sus habitantes, en la forma en que se intervienen los espacios públicos, en la forma de relacionarse entre sí, de identificarse a sí mismos y de participación social.
Cuando son aceptados los factores de identidad local (símbolos, modo de vida, historia, rituales, significados, arte, tradiciones y patrimonio) se puede hablar de una diversidad cultural consciente de su valor y se consigue globalizar esta diversidad responsablemente y abrirse a dinámicas turísticas que son importantes para el desarrollo económico.

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