Si
enciendes la radio – de esas que enfocan su mercado en los jóvenes-, en
Santiago de Chile, en Buenos Aires o en Madrid, te podrás percatar que la
programación de cualquiera de esas emisoras, sin importar el lugar del mundo
occidental en donde te encuentres, será muy similar. Sólo cambiara en una cosa:
en las bandas locales de moda con proyección internacional que existan en el
país, el resto, serán los mismos artistas “exitosos” que han triunfado en la industria
de la música internacional.
Si
trasladamos este ejercicio a otras
industrias culturales como el cine, la
televisión o la literatura, en menor medida esta última, veremos que el resultado es el mismo.
Existen libros, canciones, películas o series que sin importar el lugar en
donde el consumidor se encuentre podrá acceder sin mayores dificultades. Este
es el resultado del mundo globalizado en el que vivimos, en donde un joven ecuatoriano escucha bandas de punk californiano, una adolecente mexicana tiene
una fotografía de Jonhy Deep en su
habitación y una adolecente francesa tiene el afiche de Enrique Iglesias en la
suya. En donde yo puedo descargar en la red, con el único requisito de tener
una tarjeta de crédito, un disco Miles
Davis que sería imposible de conseguir en las disquerías chilenas.
En el
mundo globalizado actual, los jóvenes crecen con estímulos culturales muy
similares. Existe variedad de elección, lo cual es bueno, pero también existe
la pérdida de identidad local: sobre todo para aquellos países que son receptores de globalización y no productores de globalización.
Un
receptor de globalización puede ser un país, una región, un municipio, un
barrio y hasta una persona. Generalmente se caracterizan por contar con menos
recursos para difundirse que un productor de globalización, sin embargo, esto
no se traduce en que tenga menos valor cultural. Por ejemplo: una ciudad como
Lima es un pequeño productor cultural a
nivel mundial, pero es uno de los productores culturales más importantes a
nivel sudamericano y el mayor productor cultural de Perú. Existen otras ciudades como Paris o Nueva
York que compiten por ser el mayor productor de globalización del mundo, estas
metrópolis rigen los parámetros
artísticos, culturales y estéticos de la sociedad globalizada, y para ciudades
hermosas que son patrimonio de la humanidad, pero de menor envergadura a nivel
mundial como Valparaíso, Salvador de Bahía o Toledo, resulta muy complicado poder competir contra la constante información que estas producen.
Estas
ciudades, patrimonio de la humanidad que
nombre anteriormente, viven una problemática en la actualidad: la de no
convertirse en ruinas arquitectónicas en donde los edificios no tengan relación
con la gente que vive en esas ciudades. Que los nativos pierdan la identidad
del lugar, la pérdida del patrimonio intangible. La solución radica en la
convicción de los agentes culturales de trabajar, de forma asociativa, en la
puesta en valor del territorio local desde las mismas bases.
Es justamente
ahí, desde la concientización de esta problemática global, que el gestor
cultural debe trabajar un territorio determinado. Es importante tenerlo claro,
de otro modo, cada proyecto ejecutado serán palos de ciego. Yo, como gestor
cultural, tome la decisión de trabajar desde un enfoque comunitario, ya sea en
centros culturales, escuelas y la administración pública, lo que me ha
permitido tener una cercanía con la comunidad. En la práctica, me he dado
cuenta que a pesar de todos los estímulos globalizantes que reciben los
habitantes de un territorio, estos no son suficientes como para determinar el
comportamiento de la comunidad. Existen factores culturales, educacionales,
genéticos y climáticos que influyen en la personalidad de una sociedad y en
como esta se relaciona entre ella y con el mundo. Lo propio dialoga de forma
constante con lo colectivo y deja como resultado tribus urbanas, fusiones
musicales, y toda clase de expresiones artísticas experimentales insospechadas
y sorprendentes.
En este
escenario, el gestor cultural debe tener un objetivo claro e inquebrantable: el de fomentar los artistas y la cultura
local como prioridad. Ya sea su patrimonio tangible o intangible, cultural
o natural. El trabajo tiene que ser en beneficio de la localidad definida y de
forma permanente. Es el gestor cultural el profesional mejor calificado para
llevar a cabo esta empresa, ya que es él el interlocutor más valido para
dialogar entre la comunidad y su cultura, entre lo práctico y lo teórico.
No es una
tarea fácil, se requiere primero que nada un trabajo de investigación sobre el
territorio y su cultura popular, para poder entenderla y de esta forma
sincronizar el trabajo con la realidad y que este no sea invasivo ni
destructivo. Después de esta investigación se puede proceder a la intervención
cultural en base a las conclusiones de la misma.
El gestor
cultural será el agente más importante en este proceso, pero no es el único,
también participan el sector público, el sector privado, el sector sin fines de
lucro y la sociedad civil. Todos juntos
deben trabajar por el complimiento del objetivo de fomentar a los artistas y la cultura local como prioridad. Es
una tarea a largo plazo que mezcla factores tangibles e intangibles y que
genera como resultado la aceptación
colectiva de símbolos de pertenencia
territorial que son reconocidos por el
grueso de la población como propios, diversos y únicos.
Este
reconocimiento social de una cultura en común, y su voluntad por protegerla y
cuidarla en el tiempo, permitirá elaborar una estrategia de puesta en valor
hacia el exterior, es decir, hacia el mundo globalizado. Sólo a partir de una
identidad cultural sólidamente edificada en un territorio se puede pensar en globalizar
sustentablemente el mismo.
Es aquí
cuando el Turismo Cultural, tema
central de esta edición de la revista, entra en escena. En América Latina el
turismo cultural es muy diferente que en Europa, en donde la arquitectura, la
historia y los museos facilitan el trabajo. En América Latina existe una gran
cantidad de productos culturales que tengan valor turístico. Estos productos
culturales forman parte del patrimonio tangible e intangible del continente y
el gestor cultural deberá elaborar proyectos de conservación, restauración y
puesta en valor del patrimonio.
El turismo
puede llegar a ser invasivo y destructivo para una cultura que no se jacta de
ser diversa. No estoy hablando de
fomentar nacionalismos, más bien, de fomentar la identidad local, que son cosas
muy distintas. De esta forma, el turismo será un proceso que ayudara al
desarrollo económico de los habitantes del territorio y será, por sobre todo,
sustentable.
En
conclusión, en este mundo globalizado resulta fácil poder difundir la
diversidad de un territorio al mundo. Pero para globalizar esta diversidad,
primero se tienen que potenciar los elementos de identidad local. Hay que
proporcionar dinámicas socioculturales que generen en la comunidad sentimientos
de pertenencia, de apropiación y de identidad común. Lo que a la postre permite
construir símbolos de representación social, los cuales se manifiestan
estéticamente en el territorio, en el lenguaje particular de sus habitantes, en
la forma en que se intervienen los espacios públicos, en la forma de
relacionarse entre sí, de identificarse a sí mismos y de participación social.
Cuando son
aceptados los factores de identidad local (símbolos, modo de vida, historia,
rituales, significados, arte, tradiciones y patrimonio) se puede hablar de una
diversidad cultural consciente de su valor y se consigue globalizar esta
diversidad responsablemente y abrirse a dinámicas turísticas que son
importantes para el desarrollo económico.